Un día en la Covatilla.

 

Ni el 22 de febrero ni el 8 de marzo; la cita tenía que esperar, y los participantes debíamos poner a prueba nuestra capacidad de saber esperar el momento. Solo para los que saben estar a la espera está destinado el éxito. Y así fue.

La hora había llegado. No más aplazamientos. No más esperas. A las 3.30 de la madrugada empezaba el largo día. Allí, a lo lejos, a más de cuatro horas de viaje nos esperaba, inhiesta, majestuosa en sus escarpadas cumbres, la montaña. Y nos recibió con todas sus loas y cumplidos. ¡No podíamos esperar menos después de tan larga espera! El inicio de la carretera que conducía a la cumbre entreveraba lo que después se hizo realidad. Una copiosa nevada a lo largo de la noche anterior había acondicionado la pista hasta el punto de llevarla a sus mejores condiciones. Lo justo para una buena jornada de práctica de esquí. Y a medida que el autobús ascendía las sinuosas curvas de la escalada, los nervios, la impaciencia y la emoción de ver cada vez más nieve inundaban los corazones de los jóvenes –y de los no tan jóvenes. La meta estaba cada vez más próxima. Se acercaba el momento, y los flashes de los móviles así lo indicaban.

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